El flujo de visitantes se ha mantenido constante durante los días festivos, favorecido por estancias de tres o cuatro noches y una agenda marcada por el ocio, la restauración y los paseos junto al mar. Incluso el ‘tardeo’ ha ganado protagonismo, adaptándose a un público que busca planes más flexibles y al aire libre.
El buen tiempo, salvo el viento de inicio de semana, ha acompañado en general la actividad turística. También ha impulsado propuestas en entornos naturales cercanos, con embalses como La Llosa del Cavall o Sant Ponç recuperando protagonismo para actividades como kayak o rutas acuáticas.
Sin embargo, el gasto medio no ha seguido el mismo ritmo que la ocupación. Comercios y restaurantes han detectado un consumo más contenido, marcado por la incertidumbre internacional y el contexto económico. Muchos visitantes han ajustado presupuestos o repartido su gasto en más experiencias.
A esto se suma un problema estructural: la falta de personal. Algunos establecimientos han tenido que limitar servicios o no abrir todas sus áreas ante la dificultad de encontrar trabajadores cualificados, una tendencia que se arrastra desde la pandemia.
Con la vista puesta en el verano, el sector también muestra preocupación por el impacto de la tasa turística. Los empresarios temen que un incremento sin matices afecte a la competitividad en un momento en el que los precios ya están al alza.
La Semana Santa confirma así una tendencia clara: Barcelona sigue atrayendo visitantes, pero el reto ya no es solo llenar, sino mantener el nivel de gasto y la calidad del servicio en un escenario cada vez más exigente.