El galardón, concedido por la Acadèmia del Cinema Català, distingue proyectos que abren caminos propios y se alejan de las fórmulas más convencionales. En este caso, el premio pone el foco en una manera de hacer cine que no espera permiso, que se organiza con pocos recursos y que convierte sus límites en una parte esencial del lenguaje.
El jurado ha destacado la visión de Películas Inmundas como un espacio de creación autogestionado, donde las películas pueden crecer al margen de los calendarios, las exigencias y los moldes habituales de la industria. No se trata solo de producir barato, sino de defender otra forma de imaginar, rodar y compartir cine.
La productora trabaja desde una lógica colectiva y artesanal. Muchas de sus películas nacen entre amigos, con equipos reducidos y un tono lúdico, pero detrás de esa apariencia ligera hay un conocimiento profundo de la historia del cine y una voluntad clara de dialogar con sus formas.
Ese equilibrio es una de sus señas de identidad. Películas Inmundas actualiza métodos clásicos sin convertirlos en simple homenaje, mezcla referencias populares y autorales, y asume la imperfección como parte del resultado. En una época obsesionada con la nitidez, el acabado impecable y la imagen en 4K, su apuesta por lo lo-fi funciona casi como una declaración política.
El premio reconoce también una resistencia cultural. Hacer cine fuera de los grandes circuitos implica asumir precariedad, buscar cómplices, inventar modos de exhibición y sostener una comunidad alrededor de obras que difícilmente encajan en los cauces comerciales más previsibles.
Marc Ferrer se ha convertido en una de las voces más reconocibles de ese cine barcelonés queer, pop, irreverente y de bajo presupuesto que no intenta parecerse a nadie. Sus películas se mueven entre la comedia, el melodrama, la canción, el artificio y una libertad formal que conecta con públicos que buscan algo distinto.
La edición de este año también ha incluido una mención especial al Col·lectiu de Crítics de Cinema de Girona. El jurado ha reconocido su defensa de modelos alternativos de exhibición y su labor para sostener espacios de cine independiente fuera de los grandes centros de decisión cultural.
Esa mención amplía el sentido del premio. No basta con que existan películas distintas; también hacen falta lugares, programadores, críticos, salas, festivales y comunidades capaces de mantenerlas vivas. Sin esos circuitos, buena parte del cine independiente queda condenado a circular de forma invisible.
El jurado ha lanzado además un mensaje a las instituciones: estos proyectos son frágiles y necesitan protección. La demanda de cine independiente existe, pero muchas veces depende de estructuras muy pequeñas, voluntades personales y redes que sobreviven con pocos recursos.
El Premi Pepón Coromina mantiene así el espíritu de la figura que le da nombre. Coromina fue productor, actor y guionista, y ayudó a impulsar un cine catalán y español más arriesgado, atento a voces nuevas y a formas menos domesticadas de contar.
Su legado conecta de manera natural con Películas Inmundas. En ambos casos aparece una misma idea: el cine como territorio de libertad, como lugar donde equivocarse, probar, exagerar, ensuciarse y escapar de la corrección industrial.
Para Barcelona, este reconocimiento también habla de una escena cultural que no vive solo de grandes museos, festivales consolidados o estrenos de alfombra roja. En los márgenes hay creadoras, salas, colectivos y productoras pequeñas que sostienen otra relación con el público.
Películas Inmundas gana el Pepón Coromina no por parecerse a la industria, sino por resistirse a ella. Y esa es precisamente la fuerza del premio: recordar que el cine más vivo a veces nace lejos del brillo perfecto, en rodajes precarios, amistades cómplices y películas hechas, como dice el propio espíritu del galardón, a pesar de todo.