El nuevo centro ocupa más de 2.200 metros cuadrados repartidos en dos plantas de un edificio propiedad de Pontegadea. La inversión asciende a 1,7 millones de euros y eleva a unos tres millones la apuesta total de Lexington por Barcelona, donde la compañía ya operaba en la Diagonal.
El espacio cuenta con capacidad para 265 puestos de trabajo, 32 oficinas privadas, zonas comunes y una terraza de 300 metros cuadrados. No está pensado como un coworking abierto al uso puntual, sino como un entorno más estable para equipos que buscan privacidad, flexibilidad y una imagen cuidada en pleno centro económico de la ciudad.
La compañía espera una rápida ocupación del nuevo centro. Buena parte del interés llega de empresas internacionales vinculadas a sectores como tecnología, salud, fintech y servicios digitales, que ven Barcelona como una base atractiva para crecer sin asumir de entrada una oficina convencional.
La ubicación pesa mucho en esa decisión. Passeig de Gràcia no es solo una avenida comercial y turística: también concentra hoteles, restaurantes, conexiones de transporte y edificios representativos que ayudan a proyectar una imagen de empresa sólida. Para muchos equipos extranjeros, instalarse allí significa entrar en Barcelona por la puerta principal.
El diseño interior, firmado por Ivory, combina el carácter modernista del entorno con una estética sobria de inspiración británica, muy vinculada a la identidad de Lexington. La insonorización se ha reforzado para adaptarse a un uso intensivo de reuniones, videollamadas y trabajo híbrido.
La sostenibilidad también forma parte del atractivo. El edificio cuenta con certificación LEED Platinum, un sello que reconoce criterios de eficiencia energética, calidad del aire interior y uso de materiales duraderos. En un mercado donde las empresas miran cada vez más sus compromisos ambientales, este tipo de detalles ya no funcionan como simple añadido.
Con esta apertura, Lexington alcanza siete centros en España y más de 18.000 metros cuadrados en explotación. Su modelo intenta ocupar un espacio intermedio: más exclusivo y privado que el coworking clásico, pero más flexible que el alquiler de oficinas de toda la vida.
La operación llega en un momento en el que Barcelona sigue ganando peso como destino para compañías internacionales. La ciudad atrae talento, proyectos tecnológicos y equipos que valoran tanto la conectividad como la calidad de vida. En ese contexto, el auge de las oficinas flexibles no parece una moda pasajera, sino una respuesta a una forma de trabajar más móvil, más internacional y menos atada a contratos rígidos.
Para Barcelona, la llegada de espacios como este también dice algo sobre el momento económico de la ciudad. El debate sobre oficinas ya no va solo de metros cuadrados, sino de qué tipo de empresas se instalan, qué talento atraen y cómo se transforma el centro. Passeig de Gràcia seguirá siendo escaparate, pero cada vez más también lugar de trabajo para una economía que quiere jugar en una liga global.