La medida limitará el acceso de vehículos sin etiqueta ambiental, aunque con una diferencia importante: los residentes tendrán más margen. Algunos municipios retrasarán las multas hasta 2028 o incluso 2030 para vecinos empadronados, buscando reducir el impacto inmediato sobre la población local.
Los ayuntamientos justifican esta decisión por un problema que sigue abierto: la falta de alternativas reales de transporte público. Muchas zonas dependen todavía del coche para desplazamientos diarios, especialmente cerca de infraestructuras como la A-2 o la B-23.
El modelo sigue la línea de otras ciudades metropolitanas que ya han optado por moratorias similares. El objetivo es aplicar las restricciones sin generar un choque social fuerte en municipios donde renovar vehículo no es una opción fácil para muchas familias.
Pero el calendario seguirá endureciéndose. Enero de 2028 marcará otro gran cambio, con la futura ampliación de restricciones a coches con etiqueta B, algo que afectará a una parte enorme del parque móvil del área metropolitana.
Las ZBE han reducido contaminación en Barcelona, pero su expansión abre nuevos retos. La movilidad entre municipios, la coordinación de normas y la mejora del transporte público serán claves para que la transición funcione sin romper la rutina diaria de miles de vecinos.