El problema no está solo en el calor que se nota en las calles. También está bajo tierra. La humedad del subsuelo en Collserola ha caído casi a la mitad desde marzo, pasando de 0,35 a 0,18 metros cúbicos de agua por metro cúbico de terreno, una pérdida rápida que deja a la vegetación con menos margen para resistir.
Las lluvias de primavera habían permitido recuperar parte de las reservas, pero la sucesión de episodios cálidos y la ausencia de precipitaciones han cambiado el escenario en pocas semanas. El resultado es un bosque más seco, más vulnerable y con menos capacidad para soportar nuevas jornadas extremas.
La situación afecta especialmente a árboles como pinos, encinas y alcornoques, que dependen de la humedad profunda del suelo. Cuando esas reservas bajan, el estrés hídrico se nota en la salud del bosque, en la pérdida de vigor y en una mayor exposición a plagas, enfermedades y fuego.
Los matorrales y prados lo tienen aún más difícil. Al alimentarse de capas superficiales, son los primeros en quedarse sin agua cuando pasan semanas sin lluvia. En muchas zonas de Catalunya, la vegetación baja ya muestra signos de sequedad extrema, convirtiéndose en combustible fácil si aparece una chispa.
El riesgo se extiende más allá de Barcelona. Comarcas como el Bages, Anoia, Alt Penedès, Baix Penedès, Garraf, Vallès, Maresme y áreas del interior de Girona llegan a esta ola de calor con bosques y matorrales muy tensionados. Solo el Pirineo conserva, por ahora, mejores condiciones.
Para la vida diaria, el impacto puede notarse en restricciones de acceso, suspensión de actividades en espacios naturales, más vigilancia forestal y peor calidad del aire si se declaran incendios. Collserola no es solo un parque: es un pulmón metropolitano usado por miles de vecinos para caminar, correr, ir en bici o escapar del asfalto.
La escena deja una advertencia clara para Barcelona: el calor extremo no termina cuando baja el termómetro en la ciudad. Sus efectos se acumulan en el suelo, en los árboles y en los espacios naturales que sostienen parte del bienestar urbano. Cada semana sin lluvia convierte el verde que rodea la capital en un territorio más frágil.