La contaminación por PM10, las partículas que quedan suspendidas en el aire, ha vuelto a repuntar durante una de las noches más intensas del año para la ciudad. La pirotecnia y el humo de las hogueras se han sumado a un episodio previo de calima, lo que ha complicado todavía más la calidad del aire.
El resultado se ha notado en las calles: menos nitidez en el horizonte, ambiente pesado y esa neblina sucia que en Barcelona se conoce como boirum. No es solo una cuestión visual. Este tipo de episodios puede afectar especialmente a personas con problemas respiratorios, mayores, niños y quienes pasan muchas horas al aire libre.
Durante la noche se han registrado valores elevados de partículas, aunque por ahora los datos disponibles reflejan sobre todo medias acumuladas de las últimas 24 horas. Eso significa que los picos puntuales más fuertes, habituales durante la madrugada de Sant Joan, pueden quedar suavizados en la lectura general.
La Generalitat ya había activado el martes un aviso preventivo por contaminación atmosférica en Catalunya por los niveles de PM10. La llegada de polvo africano había disparado la alerta antes incluso de la verbena, y Sant Joan ha añadido una nueva capa de humo y partículas a una situación que ya era delicada.
El aviso preventivo se activa cuando las estaciones de control detectan concentraciones elevadas de partículas en suspensión. Si esos niveles se mantienen durante varios días, la situación podría derivar en un episodio de contaminación, con recomendaciones más estrictas para la población y posibles medidas adicionales.
La previsión no apunta a una mejora inmediata. Si la atmósfera no ayuda a dispersar las partículas, Barcelona puede seguir arrastrando durante los próximos días un aire más cargado de lo habitual, especialmente en las horas de más humedad y en las zonas con más tráfico o menor ventilación.
El boirum forma parte del vocabulario climático de la ciudad, pero cada vez aparece ligado a episodios más incómodos. Se produce cuando humedad y contaminación se mezclan, creando una niebla urbana que no refresca, sino que pesa. Tras Sant Joan, esa sensación se vuelve más visible y más molesta.
La mañana después de la verbena deja así una imagen conocida para muchos barceloneses: playas en limpieza, calles con restos de fiesta y un cielo que tarda en recuperar claridad. Sant Joan marca el inicio emocional del verano, pero también recuerda que la celebración tiene un coste ambiental que se respira al día siguiente.