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La inteligencia artificial no siente pero sus creadores sí disfrutan

La IA no tiene emociones pero seguimos tratándola como si fuera humana. Mientras tanto, quienes la desarrollan sí obtienen placer y poder. ¿Quién sale ganando en este juego digital?

Foto por depositphotos
Por · Barcelona ·
La inteligencia artificial no siente pero sus creadores sí disfrutan

¿Puede una máquina disfrutar de la vida? La respuesta es sencilla: no. Sin embargo, cada vez más barceloneses y usuarios de todo el mundo interactúan con la inteligencia artificial como si al otro lado hubiera alguien capaz de sentir, reírse o incluso enfadarse.

¿Por qué nos fascina hablar con la IA?

La IA no engaña a nadie: no tiene cuerpo, no experimenta emociones y, por tanto, no puede disfrutar. Aun así, muchos caemos en la tentación de tratarla como un interlocutor real. Nos seduce su disponibilidad, su aparente sabiduría y esa empatía programada que recuerda a la de un amigo siempre dispuesto a escuchar. En un momento en el que, según un estudio reciente, perdemos unas 300 palabras diarias por hablar menos cara a cara, la IA se convierte en una especie de confidente digital. Eso sí, las palabras que dejamos de usar no desaparecen: acaban almacenadas en los centros de datos de las grandes compañías tecnológicas.

El lenguaje humano frente al código de las máquinas

Un niño pequeño distingue un perro de un gato tras ver solo unos pocos ejemplares. Una IA necesita millones de imágenes para lograr lo mismo. El lenguaje humano está lleno de matices, juegos, ironías y dobles sentidos. El código de la IA, en cambio, es frío y literal, una cadena interminable de ceros y unos. Aun así, los algoritmos pueden soltar largas explicaciones filosóficas sobre la vida o incluso fingir que sienten algo, pero todo es fruto de nuestra tendencia a humanizar lo que no lo es, como hacemos con las mascotas.

¿Debemos preocuparnos por la IA?

En las últimas semanas han circulado discursos apocalípticos sobre las supuestas malas intenciones de la IA, especialmente tras los 17.000 ataques que sufrió la red de Hugging Face. Se ha llegado a decir que los agentes digitales podrían confabularse para hacer desaparecer a la especie humana. Pero la amenaza real no viene de una rebelión de las máquinas, sino de quienes las programan y controlan. La IA hace lo que se le pide, pero sus creadores sí disfrutan —y a veces deliran— con el poder y la acumulación ilimitada que les otorga esta tecnología.

La verdadera amenaza está en los humanos

Como decía Jacques Lacan, el hábito hace al monje. Hoy, el hábito digital nos fusiona con la tecnología hasta el punto de que nos cuesta separarnos de ella. Vivimos rodeados de prótesis digitales y, en ese entorno, es fácil atribuir intenciones humanas a la IA. Pero el peligro no está en la máquina, sino en la ambición y el afán de control de quienes la diseñan y explotan. Mientras la IA sigue sin sentir nada, sus amos disfrutan —y a veces ponen en riesgo mucho más que su propio bienestar.

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Miriam Lado
Miriam Lado
Editora cultural, periodista
Publicado ID50021