Descubre La Clota, el rincón más pequeño y rural de Barcelona. Solo 600 vecinos y casas bajas resisten la presión urbanística. Un único bar y jardines propios. La modernización avanza, pero la esencia de pueblo sigue intacta. ¿Por cuánto tiempo más?
La Clota, situada entre la Vall d’Hebron, Horta y el Carmel, es el barrio más pequeño de Barcelona. Apenas 18 hectáreas y unos 600 habitantes lo convierten en un enclave único, donde las casas bajas y los jardines privados contrastan con los bloques de pisos del distrito de Horta-Guinardó. Muchos barceloneses desconocen su existencia y hasta algunos agentes municipales se pierden en sus calles.
Durante décadas, los vecinos de La Clota han frenado la especulación inmobiliaria. A diferencia de otros barrios, aquí la comunidad ha luchado por mantener bajos los coeficientes de edificabilidad. El Ayuntamiento se sorprendió al ver que los residentes preferían conservar su entorno antes que construir más viviendas. En el pasado, la catalogación de parte del suelo como zona verde amenazó la continuidad de muchas casas, pero la presión vecinal logró revertir la situación y asegurar un plan urbanístico que respeta la identidad del barrio.
La modernización ha llegado tarde y a cuentagotas. El alcantarillado público se instaló hace apenas cinco o seis años; antes, los propios vecinos se encargaban de estas infraestructuras. Las grandes obras de las Olimpiadas de 1992 apenas afectaron a la zona, salvo la canalización de la antigua riera que causaba inundaciones. Las nuevas vías, como la calle Lisboa y la avenida Estatut, han aislado aún más a La Clota, que permanece encajonada entre desniveles y barreras físicas. La organización vecinal sigue siendo clave para reclamar mejoras y servicios al Ayuntamiento.
Actualmente, La Clota se divide en dos realidades: la parte antigua, con casitas y huertos, y la zona de nueva reordenación, donde se levantan bloques modernos. La convivencia es buena, aunque la estructura urbana dificulta la integración entre ambas áreas. Los vecinos insisten en la necesidad de un parque que sirva de punto de encuentro y cohesión, mientras la identidad rural sigue muy presente. Muchos aún hablan de “bajar a Barcelona”, como si vivieran en un pueblo aparte.
El único bar del barrio, El Raconet de la Clota, se ha convertido en el centro social. Su propietaria recuerda cómo, durante la pandemia, el barrio recibió una avalancha de visitantes que buscaban tranquilidad y naturaleza. Muchos de ellos se han convertido en clientes habituales, atraídos por el ambiente de pueblo en plena ciudad.
La tranquilidad, la vegetación y el fuerte sentido de comunidad explican el arraigo de los vecinos. Algunos aseguran que no cambiarían su casa ni por una oferta millonaria, ya que pocos pueden presumir de tener jardín o huerto en Barcelona. Los servicios básicos están cerca, pero la conexión con el Carmel y el mantenimiento de algunas zonas siguen siendo asignaturas pendientes. La modernización avanza, pero los residentes desean que el núcleo de La Clota conserve su esencia romántica y rural.