La etapa, de 168,5 kilómetros entre Tarragona y Barcelona, volvió a poner a la ciudad en el centro del ciclismo mundial. Después de una salida multitudinaria en Tarragona, el Tour entró en Barcelona con la tensión propia de los días grandes: calles llenas, cortes de tráfico, curiosos asomados a las aceras y Montjuïc convertido en grada natural.
El final tuvo todos los ingredientes para quedarse en la memoria. Del Toro atacó en los últimos kilómetros junto a Tadej Pogacar, su compañero en el UAE Team Emirates-XRG, y cruzó primero la meta después de una llegada cargada de simbolismo. Pogacar no le disputó la victoria y le dejó saborear un triunfo enorme en su debut en el Tour.
La imagen fue potente: un joven mexicano ganando en Barcelona, en una subida histórica para el deporte y con algunos de los grandes favoritos justo detrás. Pogacar acabó segundo, Remco Evenepoel fue tercero y Jonas Vingegaard, cuarto, mantuvo el maillot amarillo pese al golpe de autoridad del UAE.
Montjuïc volvió a demostrar por qué funciona tan bien como escenario ciclista. Sus curvas, sus desniveles y su conexión con la Barcelona olímpica dieron a la etapa un final muy televisivo, pero también muy urbano. Para quienes estaban allí, no fue solo una llegada: fue una tarde de calor, espera, ruido y emoción pegada a la calle.
El triunfo de Del Toro también tuvo una lectura internacional. México volvió a celebrar una victoria de etapa en el Tour décadas después, y Barcelona fue el lugar elegido por la carrera para una imagen que ya forma parte de esta edición: el pelotón entrando en la ciudad y la montaña de Montjuïc decidiendo la jornada.
En la vida diaria, el Tour dejó una Barcelona alterada durante horas, con movilidad condicionada y muchas zonas tomadas por aficionados. Pero también dejó una escena poco habitual: vecinos, turistas y amantes del ciclismo compartiendo espacio en una ciudad que, por un día, miró hacia Montjuïc como si allí se estuviera jugando algo más que una etapa.