En los espacios cerrados, la normativa sí fija unos rangos de temperatura. Las oficinas y trabajos sedentarios deben mantenerse entre 17 y 27 grados, mientras que en trabajos ligeros el límite se sitúa entre 14 y 25 grados. También se regulan las condiciones de humedad, que deben quedar normalmente entre el 30% y el 70%.
El problema aparece sobre todo al aire libre. Para los trabajos en exteriores no existe una temperatura máxima única a partir de la cual esté prohibido trabajar. El riesgo no depende solo del termómetro, sino también de la humedad, la radiación solar, el esfuerzo físico, la ropa, el horario y el estado de salud de cada persona.
Las alertas meteorológicas son una pieza clave. Cuando Aemet o Meteocat activan avisos naranja o rojo por calor, las empresas deben adaptar las condiciones laborales si no pueden garantizar la seguridad de sus trabajadores. Eso puede implicar reorganizar turnos, reducir exposición al sol, adelantar horarios, aumentar descansos o incluso suspender determinadas tareas.
En la práctica, muchas medidas se aplican antes de llegar a una situación extrema. En algunos sectores, los comités de empresa pactan jornadas más tempranas durante el verano para evitar las horas centrales del día, especialmente a partir de junio, cuando el calor empieza a ser más persistente.
La ley de prevención de riesgos laborales obliga a las empresas a proteger a sus plantillas frente a cualquier riesgo para la salud, incluso aunque no haya una alerta oficial activa. Si las condiciones reales de trabajo son peligrosas, la empresa debe evaluarlas y aplicar medidas preventivas.
Entre esas medidas pueden estar facilitar agua fresca, habilitar zonas de sombra o descanso, adaptar ritmos de trabajo, evitar tareas pesadas en las horas de más calor, proporcionar ropa adecuada y formar a los empleados para detectar síntomas de agotamiento o golpe de calor.
Los trabajadores también tienen derecho a interrumpir su actividad si consideran que existe un riesgo grave e inminente para su salud. En ese caso, deben comunicarlo a la empresa o a su responsable, y la normativa protege esa decisión cuando el peligro es real y está justificado.
El golpe de calor no siempre llega de golpe. Puede empezar con mareos, dolor de cabeza, debilidad, confusión, sudoración intensa o, en casos más graves, piel muy caliente, pérdida de conciencia y alteraciones del comportamiento. Ignorar esos síntomas puede tener consecuencias graves.
Barcelona conoce bien el impacto de estos episodios. Las olas de calor son más frecuentes, más largas y más difíciles de gestionar en una ciudad densa, con mucho asfalto y trabajadores que sostienen servicios esenciales en la calle incluso en las horas más duras.
La muerte de una trabajadora municipal de limpieza durante una ola de calor el verano pasado dejó una advertencia clara: la prevención no puede depender solo de recomendaciones generales. Hace falta planificación, vigilancia y capacidad de parar cuando el riesgo supera lo razonable.
Meteocat cumple un papel importante en Catalunya al activar avisos y anticipar episodios de calor intenso. Pero las alertas son solo una parte del sistema. La protección real depende de que empresas, administraciones y responsables de prevención traduzcan esos avisos en cambios concretos sobre el terreno.
El calor extremo ya forma parte del verano laboral en muchas ciudades. La cuestión no es solo saber cuántos grados marca el termómetro, sino cómo se organiza el trabajo cuando la temperatura deja de ser una molestia y se convierte en un riesgo para la salud.