El partido se disputó en el Estadio de Dallas, en Arlington, y España golpeó primero en el minuto 22. Mikel Oyarzabal transformó un penalti provocado por Lamine Yamal, derribado dentro del área por Lucas Digne, y cambió el guion de una semifinal que hasta entonces estaba marcada por la tensión.
El gol tuvo un valor añadido: Francia no había ido por detrás en el marcador durante todo el Mundial. España, con paciencia y personalidad, obligó al equipo de Didier Deschamps a correr detrás del balón y a salir de una comodidad defensiva que le había sostenido durante buena parte del torneo.
La sentencia llegó en la segunda parte, cuando Pedro Porro firmó el 0-2 en el minuto 58 tras una jugada bien elaborada. El tanto dio aire a España, enfrió la reacción francesa y permitió a los de Luis de la Fuente gestionar el tramo final con una autoridad poco habitual en un duelo de esta magnitud.
Francia lo intentó con Kylian Mbappé como gran amenaza, pero se encontró con una defensa española muy ordenada y con un Unai Simón firme cuando el partido pidió concentración. La Roja no solo ganó: también transmitió control, madurez y una capacidad competitiva que la acerca al título.
La victoria tiene un impacto inmediato en la calle. Bares, plazas y pantallas repartidas por varias ciudades vivieron una noche de celebración, con miles de aficionados siguiendo un partido que empezó con nervios y terminó convertido en fiesta. La final ya condiciona planes, viajes, horarios y conversaciones de toda la semana.
España esperará ahora al vencedor de la otra semifinal, que enfrentará a Inglaterra y Argentina. La final se jugará el domingo y cerrará un Mundial en el que la selección ha recuperado una conexión especial con una generación joven, ambiciosa y reconocible.
La noche deja una imagen poderosa: España vuelve a una final mundialista 16 años después de Sudáfrica. El equipo no llega solo por inspiración, sino por fútbol, carácter y una mezcla de juventud y oficio que ha sabido crecer ronda a ronda hasta quedarse a un paso de la gloria.