El cambio no ha sido neutro. Durante las obras, muchos deportistas se vieron desplazados al lago de Can Dragó, un entorno sin las condiciones necesarias para entrenar con normalidad. La situación afectó especialmente a los grupos más vulnerables, como los atletas con diversidad funcional.
Tras la reforma, las mejoras no han resuelto todos los problemas. Las nuevas gradas dificultan la visibilidad de los entrenadores, especialmente en entrenamientos infantiles, donde el control visual es clave para evitar riesgos.
Los lanzadores siguen siendo uno de los colectivos más afectados. Sus entrenamientos se mantienen en espacios improvisados, con limitaciones técnicas y de seguridad que condicionan su preparación.
Además, la imposibilidad de acoger competiciones oficiales ha supuesto un golpe para el atletismo local, que pierde visibilidad y oportunidades en una ciudad con alta demanda de instalaciones deportivas.
Pese a algunos avances, como el nuevo césped o la mejora de la iluminación, el equilibrio entre disciplinas sigue siendo frágil. Can Dragó, referente histórico en Nou Barris, refleja ahora una tensión creciente entre las necesidades del deporte profesional y el uso ciudadano de los espacios.
El caso pone sobre la mesa un debate más amplio: cómo adaptar las infraestructuras deportivas de Barcelona a nuevas exigencias sin desplazar a quienes ya las utilizan cada día.