La Rambla Nova y el Balcón del Mediterráneo fueron dos de los puntos más concurridos. Allí se concentraron miles de personas para ver pasar al pelotón, hacerse fotos, buscar sombra y aguantar una espera marcada por el calor y la emoción de tener una gran carrera internacional a pocos metros.
La ciudad se tiñó de amarillo, de maillots, banderas y camisetas de equipos. Había familias con niños, grupos de amigos, curiosos que se acercaron por primera vez al ciclismo y aficionados llegados de otros países para seguir de cerca a sus corredores favoritos.
El paso del Tour no se vivió solo como una cita deportiva. Durante unas horas, Tarragona se convirtió en un gran escaparate urbano, con terrazas llenas, calles tomadas por peatones y una sensación clara de día grande para el comercio, la hostelería y la imagen de la ciudad.
También hubo largas esperas, cortes y cambios en la rutina habitual, algo inevitable en un evento de esta dimensión. Aun así, el ambiente general fue de celebración: muchos asistentes hablaban de una oportunidad poco frecuente para ver de cerca una prueba que normalmente se sigue por televisión.
Para Tarragona, la jornada dejó algo más que imágenes del pelotón junto al Mediterráneo. La ciudad ganó visibilidad, atrajo visitantes y mostró una capacidad de convocatoria que va más allá del turismo de playa o del patrimonio histórico.
Quienes pasaron por el centro se llevaron una escena difícil de repetir: calor, bicicletas, ruido de aplausos y una ciudad entera mirando en la misma dirección. Para los vecinos, el Tour fue también una excusa para redescubrir Tarragona como escenario de grandes acontecimientos.