El acto central tendrá lugar en la Sagrada Família, donde el Papa bendecirá la Torre de Jesús coincidiendo con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Con sus 172,5 metros, el templo pasará a ser la iglesia más alta del mundo, en un momento que concentrará la atención internacional.
Pero uno de los movimientos más inesperados de la agenda apunta al Raval. Allí, la parroquia de Iglesia de San Agustín recibirá al pontífice, que ha querido conocer de cerca la labor social del barrio. La comunidad trabaja ya en la puesta a punto del espacio para una visita que trasciende lo religioso y pone el foco en la realidad urbana.
El recorrido se completa con paradas en el Monasterio de Montserrat y el Estadi Olímpic de Montjuïc, mientras que el dispositivo de seguridad desplegado por el Ministerio del Interior y los Mossos d’Esquadra ya empieza a notarse en calles y accesos clave. Se esperan cortes, controles y cambios en el transporte durante los días 9 y 10 de junio.
La elección de San Agustín añade una dimensión histórica al viaje. En este mismo templo se constituyó en 1971 la Assemblea de Catalunya, uno de los símbolos de la resistencia antifranquista. Décadas después, el espacio vuelve al centro de la escena con una visita que mezcla memoria, religión y actualidad.
La presencia del Papa no solo tendrá un valor simbólico: obligará a la ciudad a reorganizar su ritmo, desde la movilidad hasta la actividad económica y turística. Barcelona se enfrenta así a uno de esos momentos en los que un evento global transforma, aunque sea por unos días, la forma de vivir y moverse por sus calles.