El cambio no es solo una sensación a pie de calle. Las imágenes captadas por satélites como Terra, de la NASA, muestran con claridad cómo la vegetación superficial se ha secado de forma acelerada en buena parte de la Península Ibérica, también en áreas cercanas a Catalunya.
La transformación llega después de una primavera con contrastes. El invierno dejó lluvias abundantes en Catalunya y permitió un estallido de vegetación, pero la falta de precipitaciones en abril, la irregularidad de mayo y los episodios de calor temprano han cambiado rápidamente el aspecto del territorio.
Los campos de cereal y las plantas herbáceas son los primeros en acusarlo. Allí donde hace pocas semanas dominaba el verde, ahora aparecen superficies mucho más secas, una señal visible de que la humedad del suelo se reduce y de que el verano meteorológico ha llegado con fuerza.
El fenómeno se aprecia también en otras zonas peninsulares, como la cuenca del Ebro, Ponent, la Meseta, el valle del Guadalquivir o el Guadiana. El verde resiste mejor en los Pirineos, el Cantábrico y algunas áreas húmedas de Galicia, donde las condiciones siguen siendo menos extremas.
En los Pirineos, el cambio ha sido distinto. La nieve acumulada durante el invierno se ha derretido con rapidez por el calor de abril y mayo, y los prados alpinos han pasado del marrón al verde en poco tiempo. Es un contraste llamativo frente al secado que avanza en zonas bajas y agrícolas.
El delta del Ebro también muestra una evolución particular. La inundación de los campos de arroz y el brote de las plantas han devuelto el verde a esta zona, en sentido contrario a lo que ocurre en muchos campos de secano del interior.
Este cambio de color es algo más que una postal de verano adelantado. El secado de la vegetación afecta al paisaje, aumenta la sensación de aridez y recuerda hasta qué punto el calor y la sequía tienen consecuencias directas sobre el campo, el agua y la vida cotidiana de la ciudad.