La brecha se hace todavía más evidente en los clubes. Las mujeres apenas ocupan el 11% de las presidencias y el 17% de las vicepresidencias, unos porcentajes que reflejan una realidad conocida por muchas deportistas, entrenadoras y gestoras: participar en el deporte no significa necesariamente poder dirigirlo.
El problema no es solo numérico. Cuando las mujeres quedan fuera de los espacios de decisión, también se reducen las posibilidades de impulsar políticas más inclusivas, mejorar condiciones, revisar prioridades y atender necesidades que durante años han quedado en segundo plano.
Amanda Gutiérrez, fundadora y presidenta honorífica de FUTPRO, y Maria Teixidor, primera mujer secretaria general de la junta directiva del Barça y actual vicepresidenta de ONU Dones España, han analizado esta realidad en Fase estàtica. Ambas conocen de cerca lo que significa abrir camino en estructuras donde la presencia femenina aún es minoritaria.
Las dos coinciden en que los obstáculos no desaparecen solo con talento o experiencia. Los estereotipos de género, la falta de referentes, las redes de poder tradicionalmente masculinas y la menor visibilidad de las mujeres en cargos de responsabilidad siguen funcionando como barreras difíciles de romper.
También señalan la importancia de acompañar a las nuevas generaciones. No basta con decir que las mujeres pueden llegar: hacen falta formación, oportunidades reales, espacios de confianza y estructuras que no penalicen a quienes intentan ocupar lugares donde antes casi nunca se las esperaba.
La falta de mujeres en la dirección deportiva tiene un impacto directo en las jóvenes que miran hacia arriba. Si no ven presidentas, vicepresidentas, directoras o negociadoras, el mensaje que reciben es claro: el deporte puede ser suyo en la pista, pero no necesariamente en los despachos.
FUTPRO se ha convertido en uno de los ejemplos de ese cambio. Nacido como el primer sindicato exclusivo de futbolistas profesionales en España, ha dado voz a las jugadoras en negociaciones laborales y ha ayudado a colocar sus derechos en el centro del debate público.
El reto ahora es que esa presencia no sea excepcional. Que una mujer dirija, negocie o presida no debería ser una noticia rara, sino una parte normal del funcionamiento deportivo. Para eso, la igualdad debe dejar de ser un discurso de campaña y entrar en los estatutos, los procesos de elección y la cultura diaria de clubes y federaciones.
La pregunta ya no es si las mujeres están preparadas para liderar el deporte. Lo están desde hace tiempo. La cuestión es cuánto más tardarán las estructuras deportivas en abrir de verdad sus puertas y repartir el poder de una forma que se parezca más a la sociedad que dicen representar.