De ahí surge la figura irónica del homoturista: el viajero contemporáneo que escapa de su rutina para someterse durante unos días a otra todavía más intensa. Cambia el despertador del trabajo por una entrada con hora en un monumento y el trayecto a la oficina por una carrera entre barrios para llegar a tiempo a la siguiente reserva.
Barcelona ofrece el escenario perfecto para ese comportamiento. Sagrada Família por la mañana, paseo por el Gòtic, comida reservada, compras, Park Güell, puesta de sol y cena en otro punto de la ciudad. Todo cabe en una pantalla y parece estar al alcance de la mano, pero intentar abarcarlo puede convertir las vacaciones en una agenda tan exigente como la que se quería dejar atrás.
También está el consumo. El visitante se desplaza cientos o miles de kilómetros para terminar entrando en cadenas comerciales que existen en muchas otras ciudades, comprar recuerdos fabricados en serie o pagar más por comer en determinados ejes turísticos. La búsqueda de algo extraordinario convive así con experiencias sorprendentemente parecidas a las de cualquier gran capital.
En esta caricatura aparece también el homosapienslistin: quien conoce perfectamente los impulsos del visitante y construye alrededor de ellos un negocio. Restaurantes, recuerdos, experiencias rápidas y reclamos prometen autenticidad, exclusividad o una fotografía imprescindible. El turista teme perderse algo y el mercado se encarga de recordarle constantemente todo lo que todavía no ha hecho.
Las redes sociales han añadido presión a esa carrera. Ya no basta con viajar: parece necesario demostrar que se ha aprovechado el viaje. El descanso puede quedar relegado frente a la acumulación de lugares, platos, fotografías y actividades que después servirán para reconstruir unas vacaciones aparentemente perfectas.
El problema no es visitar Barcelona ni querer conocerla intensamente. La paradoja aparece cuando el viaje deja de responder al placer y empieza a funcionar como una obligación: ver lo imprescindible, probar lo recomendado, comprar lo típico y llenar cada hueco porque permanecer una tarde sin hacer nada parece una oportunidad desperdiciada.
Quizá por eso una de las experiencias más difíciles de encontrar en una ciudad con una oferta casi infinita sea precisamente no hacer nada. Sentarse en una plaza, alargar un café o renunciar a la siguiente parada puede terminar siendo el gesto más extraño del homoturista: recordar que había viajado, al menos en teoría, para descansar.