Mohammed Rida, estudiante de segundo de Ingeniería Química en la Universitat Politècnica de Catalunya, conoce bien esa presión. Durante el último curso ha tenido que desplazarse desde Vilanova i la Geltrú hasta Barcelona, una rutina que en algunos periodos le obligaba a levantarse de madrugada para poder llegar a tiempo a clase.
Mudarse más cerca tampoco ha resultado sencillo. Tras contactar con decenas de ofertas, asegura haberse encontrado con numerosos anuncios falsos y llegó a perder dinero al intentar reservar una habitación que no existía en las condiciones prometidas. La situación terminó en una denuncia ante los Mossos d'Esquadra.
El precio es el otro gran obstáculo. Encontrar habitaciones por encima de los 600 euros al mes se ha convertido en algo habitual en Barcelona, incluso cuando se trata de pisos compartidos con varias personas. A ese importe se pueden sumar suministros, fianzas y otras condiciones que elevan todavía más el coste real de estudiar lejos de casa.
Las residencias universitarias tampoco solucionan el problema para todos. Sus tarifas quedan fuera del presupuesto de muchas familias y la elevada demanda reduce rápidamente las plazas disponibles. Quienes buscan un contrato convencional compiten además con trabajadores, estudiantes internacionales y otros perfiles por una oferta cada vez más limitada.
Desde el sector inmobiliario insisten en que el problema principal está precisamente en esa falta de viviendas disponibles. Montserrat Junyent, presidenta de la Associació d’Agents Immobiliaris de Catalunya, ha señalado en distintas ocasiones la fuerte presión que soporta el mercado del alquiler, donde las habitaciones han ganado peso frente al alquiler de pisos completos.
Las consecuencias se notan fuera de las inmobiliarias. Hay estudiantes que encadenan horas de tren y transporte público cada día, reducen al mínimo su vida social o terminan reconsiderando dónde y qué estudiar. Alternativas como compartir vivienda con personas mayores existen, pero todavía ocupan un espacio pequeño frente al volumen de jóvenes que necesita alojamiento cada curso.
La llegada de septiembre vuelve así a convertir la vivienda en una parte inesperada del calendario universitario barcelonés. Antes incluso de escoger optativas o preparar horarios, muchos estudiantes tienen que resolver una pregunta mucho más básica: cuánto pueden pagar por una habitación y hasta dónde están dispuestos a desplazarse cada mañana.