La primera muestra, Viure, conviure i sobreviure: Brigades Internacionals i multilingüisme, se fija en los voluntarios extranjeros que llegaron a la Guerra Civil y tuvieron que convivir en medio de una mezcla de lenguas, culturas y niveles de alfabetización muy diferentes.
La exposición explica cómo esa diversidad no fue solo una dificultad práctica. También marcó la forma de organizarse, comunicarse y sobrevivir en un contexto extremo, donde aprender del otro podía ser tan importante como cualquier decisión militar.
La segunda sala está dedicada a La Seat: Fàbrica de Transformacions, una mirada al impacto de la empresa automovilística en la vida laboral, urbana y social de Barcelona. La muestra no se queda en la nostalgia industrial, sino que entra en las tensiones que atravesaron la fábrica durante el franquismo.
El recorrido pone el foco en el control laboral, la organización clandestina de las comisiones obreras y las reivindicaciones que hicieron de Seat uno de los grandes escenarios del movimiento obrero. Para muchas familias barcelonesas, esa historia no queda lejos: forma parte de la memoria de padres, abuelos y barrios enteros.
Con estas dos exposiciones, el castillo amplía su papel más allá del mirador turístico. Montjuïc sigue siendo uno de los lugares más cargados de historia de la ciudad, y cada nueva sala ayuda a explicar episodios que no siempre aparecen en los recorridos más habituales.
La ubicación también importa. Subir al castillo permite mirar Barcelona desde arriba, pero estas muestras invitan a hacer el camino inverso: bajar de la postal y entrar en las historias de quienes vivieron guerras, fábricas, luchas laborales y cambios sociales desde dentro.
Las nuevas salas añaden una parada con más fondo que una simple exposición temporal. Son una forma de entender cómo Barcelona se ha construido también a partir de lenguas mezcladas, trabajo industrial, conflicto social y memoria compartida.