La candidatura se encuentra todavía en proceso, pero ya ha dado sus primeros pasos ante la UEFA. El club comunicó en febrero su voluntad formal de participar junto a las instituciones catalanas, con el apoyo de la RFEF, y presentó la documentación inicial para que el organismo europeo evalúe la idoneidad de Barcelona como sede.
El calendario es claro: la candidatura definitiva debe formalizarse con el dossier completo a principios de junio de 2026, mientras que la decisión final de la UEFA está prevista para septiembre de 2026. Hasta entonces, el Camp Nou tendrá que superar todos los requisitos técnicos, de homologación y organización exigidos para una final de este nivel.
La gran rival será Wembley. El estadio londinense también aparece entre las opciones para albergar la final de 2029, lo que convierte la elección en un pulso entre dos sedes de enorme peso simbólico. Barcelona juega con la baza de estrenar un Camp Nou renovado, con capacidad prevista de unas 105.000 localidades, mientras Londres ofrece la experiencia de un recinto habitual en grandes finales europeas.
Para el Barça, conseguir la final sería mucho más que un reconocimiento deportivo. El nuevo Camp Nou forma parte del gran proyecto de transformación económica y urbana del club, y una final de Champions permitiría mostrar al mundo el resultado de las obras, reforzar la marca Barcelona y atraer miles de visitantes en un fin de semana de máxima proyección mediática.
La ciudad también tendría mucho en juego. Una final de Champions mueve hoteles, restauración, transporte, seguridad, comercio y actividad turística, pero también exige una organización precisa para evitar saturación en los alrededores de Les Corts y en los principales ejes de movilidad. Barcelona ya conoce el impacto de los grandes eventos, pero una final europea concentra en pocos días una presión muy distinta.
El Camp Nou ya acogió finales históricas de la Copa de Europa y de la Champions, incluida la de 1999, recordada por la remontada del Manchester United ante el Bayern. Volver a recibir el partido más importante del fútbol europeo treinta años después tendría una carga simbólica evidente: no sería solo recuperar una sede, sino presentar una nueva versión del estadio y de la ciudad ante el mundo.