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El calor extremo revela la brecha social en el acceso al aire acondicionado

El calor extremo está dejando al descubierto una brecha cada vez más visible en Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades: no todos los hogares pueden protegerse igual cuando el termómetro se dispara. Tener aire acondicionado, una vivienda bien aislada o dinero para pagar la factura eléctrica se ha convertido en una ventaja cotidiana.

Foto por Lazy_Bear / Shutterstock / FOTODOM
Por · Barcelona ·

La diferencia no está solo en pasar más o menos calor. En los barrios con rentas más bajas, muchas familias viven en pisos peor aislados, con menos sombra, menos zonas verdes y más exposición al asfalto. Eso hace que el calor entre antes en casa, se quede durante la noche y dificulte dormir, trabajar o cuidar a personas mayores y niños.

Los datos apuntan a una desigualdad clara. En el área de Barcelona, los hogares con ingresos altos duplican el acceso al aire acondicionado respecto a los hogares con menos renta: alrededor del 71% frente a menos del 40%. La brecha se nota especialmente cuando llegan varias noches seguidas sin descanso térmico.

Madrid también vive esa tensión, aunque con sus propias particularidades. La capital combina veranos más duros, barrios muy densos, viviendas antiguas y una fuerte presión económica sobre los hogares. Para muchas familias, encender el aire varias horas al día no es una decisión sencilla, sino una cuenta más que compite con alquiler, comida, transporte o suministros.

La pobreza energética ya no puede entenderse solo como pasar frío en invierno. Cada vez más expertos y entidades sociales piden incluir también la capacidad de mantener la vivienda fresca en verano, porque el calor afecta a la salud, al sueño, al rendimiento escolar y laboral, y al riesgo de sufrir golpes de calor.

La desigualdad aparece también fuera de casa. Quien trabaja en una oficina climatizada, puede teletrabajar o ajustar horarios no vive el calor igual que quien limpia, reparte, cuida, conduce o encadena turnos en la calle. En las tardes más duras, el calor reduce la movilidad y cambia los hábitos, pero no todos pueden permitirse parar.

Las ciudades han empezado a responder con refugios climáticos, bibliotecas abiertas, centros cívicos frescos, sombra, fuentes y avisos a población vulnerable. Son medidas útiles, pero no sustituyen una vivienda preparada para soportar veranos cada vez más largos ni una red de ayudas que tenga en cuenta el gasto real de refrigeración.

La pregunta que deja cada ola de calor es incómoda: quién puede cerrar la puerta de casa y estar a salvo, y quién sigue atrapado en un piso que no baja de temperatura ni de madrugada. En Madrid y Barcelona, el acceso al fresco ya forma parte de la desigualdad urbana, igual que la vivienda, el transporte o el espacio público.

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Miriam Lado
Miriam Lado
Editora cultural, periodista
Publicado ID49106

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