Estos episodios se producen cuando la temperatura del agua supera los valores habituales durante varios días seguidos. En la última década, su intensidad y duración han aumentado hasta afectar a amplias zonas del Mediterráneo occidental.
El cambio se nota primero en la base del ecosistema. Organismos como el fitoplancton y el zooplancton reaccionan rápidamente a las variaciones térmicas, lo que altera la cadena alimentaria y acaba afectando a peces y aves marinas.
El impacto llega también a la economía. Especies como la sardina o la merluza, fundamentales para la pesca, ven comprometida su estabilidad. Esto repercute en los ingresos de quienes dependen del mar y en el suministro a mercados locales.
Ante este escenario, los expertos proponen medidas como la protección de áreas marinas y la reducción de la presión pesquera. El objetivo es reforzar la capacidad de adaptación de los ecosistemas y minimizar los efectos del calentamiento.
Desde Barcelona, centros como el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC) analizan estos cambios para anticipar riesgos y plantear soluciones. Sus estudios ayudan a entender cómo evoluciona el Mediterráneo y qué está en juego para la ciudad y su entorno.
El aumento de la temperatura del mar deja de ser una tendencia lejana para convertirse en un factor que ya condiciona la vida en la costa. La respuesta a este fenómeno marcará el futuro de la biodiversidad y de la actividad pesquera en el Mediterráneo.