Esta polarización no ha frenado los precios. El metro cuadrado ya alcanza los 16,45 euros y la renta media supera los 1.480 euros mensuales, con subidas que se mantienen pese a los límites legales. La falta de oferta y la incertidumbre regulatoria empujan a muchos propietarios a no firmar nuevos contratos y a prorrogar los existentes mes a mes. El perfil del inquilino también ha cambiado. Los extranjeros ya representan el 58% de los nuevos contratos, muy por encima de los niveles previos a la pandemia. Profesionales internacionales y estudiantes acceden a las mejores viviendas, mientras que jóvenes y residentes locales pierden peso en el mercado.
La compraventa tampoco ofrece alivio. La escasez de obra nueva y la salida de inversores, frenados por la inseguridad jurídica, reducen aún más las opciones. En paralelo, crece el alquiler de temporada, orientado a perfiles internacionales y estancias cortas.
Para la ciudad, este cambio tiene consecuencias directas: dificulta el acceso a la vivienda, altera el equilibrio de los barrios y reduce la presencia de población local en zonas clave. El alquiler deja de ser una opción estable para muchos y se convierte en un mercado cada vez más selectivo.
A partir de ahora, el foco estará en cómo evolucionan las políticas de vivienda y si logran revertir esta tendencia. Mientras tanto, encontrar piso en Barcelona seguirá siendo uno de los mayores retos para quienes quieren vivir en la ciudad.