Este cambio responde a transformaciones en la vida cotidiana. Separaciones, envejecimiento de la población y nuevos modelos familiares hacen que, con la misma población, se necesiten más viviendas. Es lo que los expertos identifican como parte de la segunda transición demográfica.
A este fenómeno se suma la llegada constante de nuevos residentes, especialmente por migración internacional. La ciudad sigue atrayendo población, lo que incrementa aún más la presión sobre un mercado que ya funciona al límite.
El margen que ofrecían los pisos vacíos tras la última crisis prácticamente ha desaparecido. Ese “colchón” ha sido absorbido, dejando una situación donde el número de hogares crece mientras la oferta se mantiene estancada.
Como consecuencia, aumentan las soluciones compartidas. Vivir con otras personas ya representa una opción habitual para muchos, y los pisos compartidos ganan peso ante la dificultad de acceder a una vivienda individual.
Según el Observatori Metropolità de l’Habitatge de Barcelona, estos cambios reflejan una transformación estructural en cómo se habita la ciudad. Más allá de precios o políticas puntuales, Barcelona entra en una etapa donde la forma de vivir — más individual, más flexible— redefine la demanda y obliga a replantear el modelo de vivienda para adaptarlo a una nueva realidad urbana.