Cada verano, sin falta, las calles de Gràcia amanecen irreconocibles: una puede ser una selva, otra un castillo, otra un fondo marino. Todo es obra de los vecinos, que durante meses trabajan en secreto para crear decoraciones espectaculares y competir en el famoso concurso callejero. No hay escenario fijo: todo el barrio es la fiesta. Entre pasacalles, conciertos improvisados, comidas al aire libre y rituales de pólvora, el visitante no pasea, se sumerge. Este no es un evento que se observa, es uno que se vive desde dentro. Quien llega por curiosidad, suele volver por amor.