Los residentes de la calle Mallorca viven con miedo a perder sus hogares. Las obras de la Sagrada Familia avanzan y nadie aclara su futuro. El Ayuntamiento promete soluciones antes de 2027. El valor de los pisos cae y la tensión aumenta.
La vida cotidiana de quienes residen frente a la Sagrada Familia se ha convertido en una sucesión de dudas y temores. Las obras del templo avanzan hacia la fachada de la Glòria, en la calle Mallorca, y el futuro de decenas de familias pende de un hilo. Nadie les ha confirmado si sus viviendas serán demolidas, cuántos serán los afectados ni cómo serán compensados si finalmente deben marcharse.
La Junta Constructora insiste en que la emblemática escalera diseñada por Antoni Gaudí se construirá, considerándola irrenunciable. Sin embargo, los vecinos recuerdan que existe un documento del Ministerio de Cultura de 1975 que pone en duda que Gaudí proyectara la escalinata y la plaza de acceso por Mallorca, lo que alimenta la polémica sobre la necesidad real de los derribos.
El gobierno municipal, liderado por Jaume Collboni, mantiene tres compromisos: minimizar el número de viviendas afectadas, garantizar realojos en pisos nuevos y cercanos, y que el coste recaiga sobre el patronato del templo. El Ayuntamiento sigue negociando tanto con la Junta Constructora como con los vecinos, pero la falta de información concreta mantiene la tensión en el barrio.
Jordi Valls, responsable del Eixample, asegura que cualquier decisión sobre movilidad, espacio público o viviendas será competencia municipal y que no se aprobará ningún acuerdo que no contemple soluciones habitacionales para los afectados. Además, recalca que la implicación de la Sagrada Familia en la gestión de los impactos será imprescindible.
El número exacto de vecinos en riesgo sigue siendo un misterio. Se han barajado cifras que oscilan entre cien y mil personas, pero el Ayuntamiento promete que antes de 2027 se conocerán los detalles y la solución definitiva. Mientras tanto, las obras no se detienen y muchos residentes dudan si invertir en la reforma de sus pisos, que han perdido valor en el mercado.
En 2019, la Sagrada Familia adquirió una gran finca a una manzana del templo, lo que se interpretó como un posible espacio para reubicar a los vecinos desplazados. Sin embargo, la incertidumbre persiste, especialmente entre los habitantes del edificio de Núñez y Navarro, justo frente a la futura fachada de la Glòria. La comunidad teme que el patronato quiera hacerse con dos manzanas completas, lo que supondría un impacto aún mayor.
El malestar se palpa en el ambiente: el ruido constante, la masificación turística y la desaparición de comercios tradicionales han cambiado la vida del barrio. Algunos carteles en los portales piden a los guías turísticos que no difundan rumores sobre la demolición, mientras que varios inquilinos se ven obligados a marcharse por la subida de los alquileres. La Asociación de Vecinos sigue de cerca las negociaciones y reclama discreción para no entorpecer el diálogo, aunque la preocupación por el futuro no deja de crecer.
La Sagrada Familia, uno de los iconos más reconocibles de Barcelona, ha sido durante décadas un motor de transformación urbana y un imán para visitantes de todo el mundo. Su construcción, iniciada en 1882, ha marcado el ritmo de la vida en el Eixample y ha generado debates sobre el equilibrio entre patrimonio, turismo y derechos vecinales. La fachada de la Glòria, aún pendiente, representa el último gran reto arquitectónico y social del templo, y su desarrollo condicionará el paisaje y la convivencia en el entorno durante los próximos años.