La decisión afecta de lleno a quienes usan estos espacios para caminar, correr, ir en bici o desconectar cerca de Barcelona. Collserola funciona como uno de los grandes pulmones verdes del área metropolitana, y su cierre pesa especialmente ahora que llegan el calor, los fines de semana largos y las ganas de buscar sombra fuera del asfalto.
El Govern defiende que la prioridad sigue siendo contener el brote entre los jabalíes. La aparición de nuevos positivos en la zona de alto riesgo complica cualquier flexibilización inmediata y refuerza la idea de mantener las restricciones, al menos hasta finales de verano.
El conseller de Agricultura, Òscar Ordeig, trasladó la decisión a representantes municipales del Baix Llobregat y el Vallès. Los ayuntamientos reclamaron más comunicación y pidieron abrir accesos puntuales por motivos de salud, bienestar y uso cotidiano del entorno natural, pero la Generalitat no ha fijado aún una fecha concreta de reapertura.
La presión local crece desde hace semanas. Sant Cugat ha pedido una reapertura parcial, Molins de Rei y otros municipios del Llobregat reclaman poder recuperar al menos el acceso al río, y las recogidas de firmas para reabrir Collserola ya suman miles de apoyos.
El cierre, además, no siempre se cumple sobre el terreno. En algunos caminos del Llobregat se han visto paseantes, ciclistas y corredores pese a las restricciones, una imagen que refleja tanto el cansancio vecinal como la dificultad de controlar espacios naturales tan amplios y conectados con la vida diaria de los municipios.
Para la Generalitat, sin embargo, levantar la mano antes de tiempo puede poner en riesgo el control sanitario. La peste porcina africana no afecta a las personas, pero sí puede tener consecuencias graves para la fauna salvaje, el sector porcino y las exportaciones si el brote se extiende.
El debate va más allá de una prohibición temporal. Collserola y el Llobregat son espacios de salud, deporte y descanso para miles de vecinos. Mantenerlos cerrados ayuda a contener una crisis sanitaria animal, pero también deja claro hasta qué punto la ciudad depende de sus espacios naturales cuando llega el verano.