La peste porcina africana no afecta a las personas, pero sí es muy contagiosa entre jabalíes y cerdos domésticos. Por eso las autoridades intentan reducir al máximo el movimiento dentro del parque: menos presencia humana significa menos posibilidades de mover restos, facilitar contactos o alterar los trabajos de control.
El impacto para la vida diaria será evidente. Senderistas, corredores, ciclistas, familias y vecinos que usan Collserola para pasear, hacer deporte o escapar del calor tendrán que buscar alternativas durante los meses más duros. Quedarán prohibidos los accesos a caminos forestales, zonas recreativas y espacios naturales afectados por las restricciones, salvo para servicios autorizados.
El Ayuntamiento también vincula el cierre con la prevención de incendios. Después de un invierno y una primavera con más vegetación acumulada, el parque llega al verano con más combustible disponible. Mantener alejados a los visitantes reduce el riesgo de descuidos, barbacoas ilegales, colillas o actividades que puedan generar chispas, una de las grandes preocupaciones de los Bomberos cuando suben las temperaturas.
La vigilancia se reforzará con drones, nuevos vehículos todoterreno y una ambulancia adaptada a entornos forestales. Además, el parque de bomberos estacional de Vallvidrera estará operativo durante la campaña de verano para acelerar la respuesta ante cualquier emergencia en la sierra. Barcelona también mantiene trabajos de desbroce en 346 hectáreas del ámbito municipal de Collserola, con un presupuesto de 400.000 euros.
El control de accesos implicará a Bombers, Mossos d’Esquadra, Guardia Urbana y Agents Rurals, con atención especial a los distritos que lindan con la sierra, como Les Corts, Sarrià-Sant Gervasi, Horta-Guinardó, Nou Barris y Gràcia. La idea no es solo sancionar, sino evitar que la gente entre por caminos secundarios pensando que “un paseo corto” no cuenta.
Collserola es mucho más que un parque en el mapa. Para muchos barceloneses funciona como gimnasio, patio, mirador, escape mental y sombra cuando la ciudad aprieta. Precisamente por eso el cierre duele: no afecta a un espacio lejano, sino a una parte de la rutina de miles de personas. Este verano tocará asumir una renuncia incómoda para proteger el entorno y ganar tiempo frente a dos amenazas distintas, pero igual de serias: un virus que avanza entre jabalíes y un monte cada vez más vulnerable al fuego.