El estudio se basa en la opinión de más de 24.000 fundadores europeos. Uno de cada cinco encuestados señaló Barcelona como ciudad preferida para poner en marcha una empresa emergente, por delante de hubs como Ámsterdam, Lisboa o Múnich. La capital catalana consolida así su posición como gran referencia del sur de Europa para el ecosistema startup.
La explicación no está solo en el clima o en la imagen internacional de la ciudad. Los emprendedores valoran especialmente el dinamismo del ecosistema tecnológico, la disponibilidad de talento y la relación entre costes, oportunidades y calidad de vida. Barcelona ofrece una mezcla difícil de encontrar: universidades, centros de investigación, empresas tecnológicas, eventos internacionales y barrios capaces de atraer perfiles creativos de distintos países.
El impacto también se nota en el empleo. Según los datos recogidos en el informe, las startups de Barcelona generaban cerca de 300 puestos de trabajo al mes, una cifra que ayuda a entender por qué el emprendimiento ya forma parte del pulso económico de la ciudad. Oficinas flexibles, espacios de coworking y distritos como el 22@ han cambiado la manera de trabajar en zonas donde antes pesaban más la industria o el comercio tradicional.
El crecimiento económico del sector también es significativo. Las startups barcelonesas generaron en 2021 más de 2.000 millones de euros de negocio, un aumento del 65% respecto al periodo 2016-2018. La financiación inicial para nuevos proyectos se mueve entre los 500.000 y los 2 millones de euros, con una tendencia al alza en los últimos años analizados.
Para la ciudad, este posicionamiento tiene una doble lectura. Por un lado, refuerza la capacidad de Barcelona para atraer inversión, talento y empleo cualificado. Por otro, aumenta la presión sobre vivienda, oficinas y barrios donde se concentran muchos de estos perfiles internacionales. El reto será convertir ese impulso emprendedor en oportunidades reales sin que la ciudad pierda equilibrio social.
Barcelona lleva años intentando consolidarse como algo más que un destino turístico. La fuerza de su ecosistema startup apunta justamente en esa dirección: una ciudad capaz de competir por talento, generar innovación y atraer proyectos globales sin renunciar a su vida de barrio, su tejido local y su identidad mediterránea.