La transformación empieza por el ambiente. El ruido, uno de los principales problemas históricos, se reduce gracias a la instalación de más de 300 paneles acústicos y la renovación de techos en varios centros. El cambio se nota de inmediato: los comedores pasan de ser espacios caóticos a entornos mucho más tranquilos y agradables.
También cambia la experiencia diaria de los alumnos. Las bandejas metálicas y la vajilla de plástico desaparecen en favor de platos y vasos domésticos, acercando el comedor a un entorno más familiar. Además, las filas de autoservicio dejan paso a mesas redondas donde los niños se sirven entre ellos, fomentando la autonomía y las habilidades sociales.
Las mejoras ya se han aplicado en 11 escuelas y continuarán este verano en otras 12. El plan, impulsado por el Consorcio de Educación de Barcelona, prevé extenderse a todos los centros públicos en los próximos años con una inversión superior a los dos millones de euros.
El cambio va más allá de lo físico. La coordinación entre monitores y profesorado refuerza el valor educativo del tiempo de comedor, evitando que sea un simple paréntesis en el aprendizaje. Además, el refuerzo de personal - con un aumento notable de horas de monitorización - permite adaptar la atención a cada alumno, especialmente en contextos de educación inclusiva.
La iniciativa refleja una evolución clara en el modelo educativo de la ciudad: integrar cada momento del día escolar en el proceso formativo. Barcelona avanza así hacia una escuela donde el bienestar, la convivencia y la inclusión forman parte del aprendizaje cotidiano.