Las pequeñas esculturas de Caballé y Mercury desaparecen de Montjuïc tras solo 12 días. El Ayuntamiento las traslada a dependencias municipales. La noticia sorprende a vecinos y turistas. El homenaje a la canción «Barcelona» queda en pausa.
La retirada de las estatuas de Montserrat Caballé y Freddie Mercury en Montjuïc ha dejado a muchos barceloneses y visitantes con la sensación de que algo especial se ha esfumado demasiado pronto. En apenas dos semanas, las figuras se habían convertido en un inesperado punto de encuentro y parada obligada para quienes paseaban por la zona, generando un flujo constante de curiosos y turistas que buscaban inmortalizar el momento.
El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido desmontar ambas esculturas y trasladarlas a dependencias municipales del distrito de Sants-Montjuïc. La decisión ha sorprendido a quienes ya consideraban este homenaje como un nuevo símbolo cultural en el paisaje urbano de la ciudad. Durante los 12 días que permanecieron en Montjuïc, las estatuas atrajeron la atención de guías turísticos y vecinos, que rápidamente incorporaron la visita a sus rutas habituales.
El autor de las esculturas, el artista Mijaíl Kolodko, ha compartido que la canción «Barcelona», interpretada por Caballé y Mercury, representa para él mucho más que un simple dueto musical. Considera que la colaboración entre ambos artistas simboliza la unión de estilos opuestos a través de la pasión por la música, y ve en ese encuentro una metáfora de cómo la ciudad puede reunir a personas muy distintas bajo un mismo cielo.
La noticia de la retirada ha generado debate en redes sociales y entre quienes defienden la presencia de arte espontáneo en el espacio público. Por ahora, las esculturas permanecen fuera de la vista, a la espera de una posible nueva ubicación o de una decisión definitiva sobre su futuro en Barcelona.
Montserrat Caballé, nacida en Barcelona, es una de las voces más reconocidas de la ópera internacional. Su colaboración con Freddie Mercury en 1987 dio lugar a la icónica canción «Barcelona», que se convirtió en himno no oficial de la ciudad y en símbolo de los Juegos Olímpicos de 1992. La pieza sigue siendo un referente de la capacidad de Barcelona para inspirar encuentros artísticos únicos y para proyectar su identidad cultural al mundo.