¿Te imaginas que de un día para otro cambian la lógica de 1550 cruces en Barcelona? Eso es justo lo que teme el Ayuntamiento si la DGT no concede una moratoria a la nueva norma sobre el ámbar intermitente en los semáforos.
La preocupación no es menor: a partir del 1 de octubre, los semáforos ya no podrán mostrar luz naranja intermitente para los coches que giran mientras los peatones tienen el verde. Esta modificación, que afecta a toda España, tiene un impacto especialmente fuerte en Barcelona, donde la cifra de cruces con este sistema ronda los 1550.
¿Por qué tanto revuelo con el ámbar intermitente?
Hasta ahora, en muchos cruces de la ciudad, los vehículos podían girar con precaución cuando el semáforo les mostraba un ámbar intermitente, incluso si los peatones tenían paso. La nueva norma de la DGT prohíbe esta coincidencia, obligando a modificar la programación de los semáforos.
El Ayuntamiento teme que una adaptación acelerada provoque más atascos y, de rebote, acorte el tiempo de paso para los peatones. Además, hay unos 500 cruces donde este sistema beneficia especialmente a los ciclistas, que podrían perder una ventaja clave para circular con seguridad.
El reto técnico y sus efectos en la movilidad
Modificar la señalización de tantos cruces no es solo cuestión de pulsar un botón. Requiere reprogramar cada semáforo y, en algunos casos, cambiar la infraestructura. El riesgo de colapsar el tráfico o de complicar la vida a quienes van a pie es real, según la mítica prudencia municipal.
En el contexto de una ciudad que ya ha visto cómo los cambios en movilidad pueden tener efectos inesperados —como ocurrió con el crecimiento de la inversión extranjera en infraestructuras, reportado antes—, la gestión de los semáforos se convierte en un asunto de equilibrio fino.
¿Y los ciclistas?
Un capítulo aparte lo protagonizan los cerca de 500 cruces donde el ámbar intermitente facilita la vida a quienes van en bici. Cambiar la norma podría suponer un retroceso en la seguridad y la fluidez para este colectivo, que en Barcelona no deja de crecer.
¿Qué pide Barcelona y qué puede pasar ahora?
La petición del Ayuntamiento es clara: más tiempo para adaptar los semáforos y evitar un caos innecesario. La decisión final está en manos de la DGT, pero la ciudad ya ha puesto sobre la mesa los riesgos de una transición exprés.
En una urbe donde cada segundo de semáforo cuenta, la gestión de estos pequeños detalles puede marcar la diferencia entre una movilidad fluida y una ciudad atascada. Si la DGT escucha la petición de Barcelona, habrá margen para una adaptación más sensata; si no, octubre podría traer más de un atasco inesperado y menos tiempo verde para quienes caminan o pedalean.