Durante cuatro días, más de 10.000 profesionales han participado en debates, sesiones y encuentros que han reunido a decenas de miles de asistentes. El congreso ha convertido Barcelona en capital internacional de la arquitectura, pero también en escenario de una conversación urgente sobre desigualdad, emergencia climática y responsabilidad urbana.
El manifiesto final fue breve, pero contundente. Los arquitectos defendieron que el derecho a la vivienda “no es negociable” y que la calidad y la belleza en los espacios construidos no pueden tratarse como privilegios reservados a unos pocos. La ciudad, en esa lectura, no debe diseñarse solo para ser rentable o fotografiable, sino para ser vivible.
La declaración también lanzó una advertencia ambiental. Cada decisión local, cada obra y cada acto de construcción tienen consecuencias que van más allá de sus propias paredes. En un contexto de crisis climática, los profesionales reclamaron más honestidad sobre el impacto real de construir, demoler, rehabilitar o transformar el territorio.
Otro de los mensajes más llamativos fue la necesidad de abandonar una mirada exclusivamente antropocéntrica. El congreso defendió que la arquitectura debe pensar también en los otros habitantes del planeta, no solo en los humanos, y asumir que el entorno construido forma parte de un ecosistema más amplio.
La presidenta del CSCAE, Marta Vall-llossera, fue la encargada de leer la declaración final. Su intervención condensó buena parte de las preocupaciones que han atravesado el encuentro: vivienda, huella ambiental, justicia social, belleza, responsabilidad profesional y futuro urbano.
Regina Gonthier, presidenta de la Unión Internacional de Arquitectos, destacó el carácter excepcional del congreso y el trabajo de los seis jóvenes comisarios que han dado forma al programa. La cita apostó por debates, sesiones compartidas y conversaciones abiertas más que por una sucesión clásica de conferencias individuales.
Joan Busquets, presidente honorífico del congreso, recordó la edición de 1996, cuando Barcelona acogió por primera vez esta cita internacional. Treinta años después, los retos han cambiado de escala: la vivienda, el agua, el clima y las desigualdades urbanas ya no pueden leerse como problemas aislados.
El alcalde Jaume Collboni celebró que Barcelona haya sido la primera ciudad en acoger dos veces el Congreso Mundial de Arquitectos. Para el Ayuntamiento, la cita encaja con el papel de la ciudad como Capital Mundial de la Arquitectura 2026 y con su voluntad de influir en el debate urbano internacional.
El cierre incluyó el traspaso simbólico del testigo a Pekín, que acogerá la próxima edición dentro de tres años. Ese relevo dejó una imagen clara: las discusiones abiertas en Barcelona seguirán viajando, porque los problemas que afronta la arquitectura son compartidos por ciudades de todo el mundo.
La importancia del congreso está en que no se quedó solo en formas, materiales o grandes nombres. Habló de vivienda asequible, de barrios habitables, de recursos naturales, de belleza cotidiana y de responsabilidad pública y privada. Temas que afectan tanto a profesionales como a cualquier vecino que paga un alquiler, cruza una plaza sin sombra o vive en un edificio mal aislado.
Barcelona ha utilizado estos días su condición de laboratorio urbano para mirar hacia fuera, pero también hacia dentro. La ciudad conoce de cerca la presión sobre la vivienda, el turismo, la transformación del espacio público y los efectos del calor extremo. Por eso, el mensaje final del congreso no suena lejano: aterriza directamente en sus calles.
La declaración no resolverá por sí sola la crisis de vivienda ni la huella ambiental de la construcción. Pero deja una exigencia difícil de ignorar: la arquitectura no puede limitarse a producir iconos. Debe responder a cómo se vive, quién puede quedarse en la ciudad y qué coste tiene cada decisión sobre el territorio.
El Congreso Mundial de Arquitectos se marcha de Barcelona con una frase que resume el fondo del debate: no se trata solo de qué se diseña, sino de qué mundo se construye. Y esa pregunta ya no pertenece solo a los arquitectos.