Con 15 millones de visitantes en 2024, ha sido coronada por el informe de Nomad eSIM como la ciudad más abarrotada del mundo: más de 201.700 turistas por kilómetro cuadrado, superando a gigantes como Dubái, Bangkok o París.
La postal es desbordante. Por cada 100 barceloneses, circulan 916 turistas. La ciudad recibe más viajeros al año que Australia y Brasil juntos. Lo que comenzó como motor económico se ha convertido en un fenómeno que erosiona el día a día: alquileres inasumibles, transporte al límite, barrios donde el catalán ha sido reemplazado por menús en cinco idiomas.
Las pancartas no mienten: «Esto no es un parque temático», se lee en fachadas de Ciutat Vella. El malestar ciudadano escala. En barrios como Gràcia, el Raval o Poble-sec, el tejido vecinal se deshilacha ante la expansión imparable de alojamientos turísticos. Incluso los cruceros, con sus oleadas diarias de miles de pasajeros, han entrado en el punto de mira.
El Ayuntamiento ha intentado poner freno: menos licencias, más tasas, vetos a nuevos hoteles. Pero la sensación de urgencia crece. Barcelona se asoma a un precipicio urbano donde la pregunta ya no es cuántos turistas puede acoger, sino cuántos más puede resistir sin perderse a sí misma.