El proyecto situará a la capital catalana en una carrera tecnológica que ya no pertenece solo a laboratorios universitarios. La computación cuántica promete acelerar cálculos imposibles para los ordenadores actuales y abrir nuevas aplicaciones en inteligencia artificial, finanzas, salud, energía, ciberseguridad e industria avanzada.
El nuevo espacio se llamará OQC Global Quantum Development & Manufacturing Centre y estará dedicado a investigación aplicada, integración de sistemas, pruebas de ingeniería y fabricación vinculada a ordenadores cuánticos. Incluirá laboratorios, oficinas y áreas técnicas para desarrollar tecnología con vocación industrial.
La llegada de la compañía británica también tendrá impacto laboral. La previsión es crear 210 empleos en los próximos cinco años, especialmente perfiles científicos, tecnológicos, de ingeniería y gestión avanzada. Para Barcelona, el reto será no solo atraer talento, sino también retenerlo y conectarlo con universidades, centros de investigación y empresas locales.
Oxford Quantum Circuits nació como spin-off de la Universidad de Oxford y se ha convertido en uno de los nombres europeos más relevantes del sector. Su apuesta por Barcelona refuerza el papel de la ciudad como destino para proyectos tecnológicos de alto valor añadido, más allá del turismo, los congresos o la economía digital más visible.
El proyecto cuenta con el apoyo de la Generalitat, el Estado, el Ayuntamiento de Barcelona a través de la Barcelona Investment Office y Barcelona Global. También llega acompañado de una ronda de financiación de casi 300 millones de euros, con participación de COFIDES y una aportación de 46 millones mediante el Fondo de Coinversión.
La elección de Barcelona encaja con una estrategia más amplia: ganar presencia europea en tecnologías críticas y reducir la dependencia de grandes polos externos. En un momento en que la soberanía tecnológica se ha convertido en prioridad para gobiernos y empresas, la computación cuántica ya se ve como una infraestructura de futuro.
El aterrizaje de OQC no cambiará la vida cotidiana de Barcelona de un día para otro, pero sí puede modificar el tipo de ciudad que quiere ser en la próxima década. Si el proyecto cuaja, la capital catalana no solo ganará empleos cualificados: también reforzará su lugar en una industria que puede definir buena parte de la innovación europea de los próximos años.