Día Mundial de los Huérfanos del Sida
El 7 de mayo se dedica a quienes heredaron una ausencia: millones de niños y niñas que quedaron huérfanos a causa del sida. Esta efeméride, impulsada desde 2002 por FXB International, no busca una compasión pasajera, sino algo más difícil: que el mundo recuerde que la epidemia no termina en el diagnóstico de un adulto, sino que se prolonga en la vida cotidiana de quienes crecen sin red.
La historia de este día está ligada a Albina du Boisrouvray, fundadora de FXB International, que puso nombre a un efecto colateral demasiado grande para seguir siendo invisible. La organización insiste en un principio claro: si se financia la respuesta al VIH/sida, una parte significativa debe sostener también a los niños vulnerables y a las familias —a menudo empobrecidas— que los acogen. Porque, en la práctica, la mayoría no vive en instituciones: vive en casas llenas de esfuerzo, en cuidados compartidos, en comunidades que hacen lo que pueden con lo que tienen.
Hablar de «huérfanos del sida» es hablar de derechos básicos: educación, salud, protección, afecto, futuro. Y también de una pregunta moral que atraviesa esta fecha: ¿cómo medimos el progreso si dejamos atrás a quienes pagan el precio más largo?
Día Mundial de la Contraseña
El primer jueves de mayo —y en 2026 coincide con el 7 de mayo— nos recuerda que hoy muchas puertas no se abren con llaves, sino con contraseñas. El Día Mundial de la Contraseña existe desde 2013 y nació como una llamada a la conciencia: una clave débil puede ser el punto de entrada a nuestras cuentas, nuestras fotos, nuestro dinero, incluso nuestra identidad.
Detrás de esta efeméride está la idea popularizada por el investigador Mark Burnett, que ya en 2005 defendía una cultura de seguridad más seria, menos confiada en «lo de siempre». Luego, iniciativas del sector tecnológico ayudaron a fijar la fecha y a convertirla en un recordatorio anual. Pero el sentido profundo no es técnico, sino casi doméstico: cuidar contraseñas es cuidar la intimidad.
En un mundo donde la vida se archiva en la nube, la contraseña se parece a una frase secreta que nos protege del ruido. Cambiarla, reforzarla, no repetirla: son gestos pequeños que, como cerrar bien una puerta por la noche, no garantizan que nada ocurra, pero sí reducen el margen del desastre.
Semana de Acción Contra los Mosquitos
Y mientras pensamos en claves digitales, el calendario insiste en un peligro antiguo, zumbador y persistente. Del 5 al 9 de mayo continúa la Semana de Acción Contra los Mosquitos, promovida desde 2016 por la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Su mensaje es directo: muchas enfermedades graves —como dengue o zika— empiezan en un detalle mínimo, en el agua estancada donde un mosquito encuentra su origen.
Esta semana trabaja con una lógica casi pedagógica: la prevención se aprende y se practica. No basta con fumigar cuando el problema estalla; hay que cortar el ciclo antes, limpiar, vaciar recipientes, revisar macetas, neumáticos, desagües. Lo más incómodo de estas campañas es, quizá, su verdad: la salud pública no siempre depende de un hospital, a veces depende del patio de casa.
La efeméride, además, tiene una dimensión comunitaria: si una familia cuida y la otra no, el riesgo circula igual. Por eso, esta semana no se celebra: se ejecuta. Y en esa acción compartida hay una forma de esperanza muy concreta, hecha de hábitos y de responsabilidad común.