Año Nuevo Chino
El Año Nuevo Chino, también llamado Fiesta de la Primavera, es quizá la celebración cultural más significativa del calendario oriental. Basado en el antiguo calendario lunisolar, inicia con la segunda luna nueva tras el solsticio de invierno y marca, cada año, un nuevo ciclo de renovación. El 29 de enero de 2025 el protagonismo recae en la Serpiente de Madera, un signo asociado a la intuición, la elegancia y la sagacidad, atributos que la tradición desea para quienes reciben el año.
Desde hace más de tres milenios, esta festividad funciona como una gran ceremonia familiar: antes de la cena, se honra a los antepasados con ofrendas y oraciones; luego, las casas se tiñen de rojo —color que ahuyenta al temido espíritu Nian— y las calles se llenan de linternas, desfiles, fuegos artificiales y danzas del león y del dragón. Los sobres rojos con dinero circulan como deseos de prosperidad, y los platos típicos, desde los jiaozi hasta los fideos de la longevidad, trasladan a la mesa la promesa de abundancia y buena fortuna.
Esta fiesta traspasó hace tiempo las fronteras de China. Vietnam celebra el Tết, Corea del Sur sus propios días festivos, Singapur el multitudinario Desfile de Chingay, y en comunidades chinas del mundo entero las familias reproducen un ritual que mezcla recuerdo, identidad y esperanza. Más allá de su espectacularidad, el Año Nuevo Chino anticipa siempre una idea sencilla: lo nuevo empieza cuando la comunidad se reúne.
Día Mundial del Rompecabezas
A primera vista, el Día Mundial del Rompecabezas parece un homenaje modesto: pocas cosas tan sencillas como una imagen partida en cientos de piezas. Sin embargo, esta jornada celebrada desde 2005 reivindica un pasatiempo que ha acompañado a generaciones y que, desde sus orígenes en el siglo XVIII —cuando John Spilsbury cortó un mapa para enseñar geografía a los niños—, se convirtió en un ejercicio perfecto de paciencia, lógica y contemplación.
Al armar un puzzle, cada pequeño fragmento exige atención: formas, colores, bordes, sombras. El cerebro trabaja en paralelo —memoria visual, coordinación fina, razonamiento espacial— mientras la ansiedad diaria encuentra un respiro. No es casual que los rompecabezas vivieran una época dorada en los años veinte y treinta del siglo pasado, ni que hoy resurjan como refugio frente al ritmo digital. Sentarse a ordenar un caos de piezas es, en sí mismo, un acto de sosiego.
Celebrar este día no requiere más ritual que elegir una imagen y dejarse llevar. Hay quien disfruta los puzzles monumentales y quien prefiere unos pocos cientos de piezas; lo importante es redescubrir esa calma que nace de encajar dos fragmentos al fin coincidentes. El rompecabezas, como el año lunar, nos recuerda que todo orden comienza por un gesto pequeño.