Día de Lucha contra la Desertificación y la Sequía
Desde 1995, la ONU marca cada 17 de junio como el Día de Lucha contra la Desertificación y la Sequía: una fecha para entender que estos fenómenos no son solo “falta de lluvia” o “paisajes secos”, sino una cadena de impactos que alcanza la economía, la salud, la seguridad alimentaria y la estabilidad de comunidades enteras. La desertificación avanza cuando el suelo se degrada de manera continua: deforestación, salinización, sobreexplotación de acuíferos, pérdida de nutrientes… una suma de decisiones y presiones que, con el tiempo, convierte la tierra fértil en un terreno exhausto. La sequía, por su parte, actúa como una anomalía climática que deja el agua por debajo de lo necesario durante largos periodos, y con ello tambalea todo lo que depende de ella.
En 2024, el lema «Unidos por la tierra: Nuestro legado y nuestro futuro» suena menos a consigna y más a diagnóstico: la tierra es un patrimonio compartido y, a la vez, un contrato con quienes aún no han nacido. La degradación de los suelos no se queda en la teoría; golpea con especial fuerza a regiones donde la agricultura es sustento y horizonte, donde una mala temporada no es una estadística sino una mesa vacía. Por eso esta jornada insiste en algo esencial: proteger la tierra no es un gesto romántico, es una medida de supervivencia, una forma de sostener la prosperidad cotidiana de miles de millones de personas.
La pregunta práctica es inevitable: ¿qué significa «luchar» contra la desertificación en la vida real? A veces empieza cerca, en lo pequeño y repetido: usar el agua con responsabilidad, consumir productos locales y de temporada que reduzcan la huella hídrica, respetar la legislación que protege áreas naturales, evitar prácticas que dañen el terreno, apoyar reforestaciones y restauración de ecosistemas. También exige decisiones grandes: políticas públicas, planificación a largo plazo, educación ambiental y acuerdos que no se queden en el papel. Porque la tierra no se recupera con prisa: se regenera con cuidado, con ciencia, con compromiso y con una paciencia activa.
Celebrar el 17 de junio no es «festejar»; es asumir que el suelo sano no es un detalle, sino una condición. Mirar la grieta antes de que sea abismo, escuchar el paisaje antes de que enmudezca. Y entender que, cuando cuidamos la tierra, no solo protegemos un recurso: protegemos un futuro habitable.