Día Internacional de Besar a un Pelirrojo
Nacido en 2009 de la mano del activista y cómico Derek Forgie, este día surgió como un gesto de resistencia frente a una moda cruel que circuló por internet —aquel «Kick a Ginger Day» inspirado en un episodio de South Park— y que, en su momento, dejó tras de sí agresiones reales. La respuesta fue ingeniosa y luminosa: sustituir la violencia por afecto, convertir una burla en celebración, ofrecer un beso en lugar de un golpe. De este modo, la efeméride empezó como un acto político disfrazado de humor.
Ser pelirrojo, en distintas épocas, ha significado cargar con prejuicios tan variados como extravagantes. Desde las leyendas griegas que aseguraban que se convertirían en vampiros tras la muerte, hasta las supersticiones medievales que los asociaban con el fuego o los malos presagios. Y, sin embargo, su singularidad ha fascinado a artistas, escritores y científicos. La explicación es biológica: una menor presencia de eumelanina y un predominio de feomelanina generan esa gama de tonos anaranjados que van del dorado rosado al cobrizo más profundo, una paleta que la genética distribuye con cuentagotas.
Los pelirrojos, apenas el 1 % de la población mundial, se concentran especialmente en regiones atlánticas del norte de Europa: Escocia, Irlanda, Islandia, Dinamarca. Allí, bajo cielos pálidos, su cabello parece encenderse como una llama en movimiento. Esa misma claridad los hace más propensos a problemas cutáneos, pero también les ha otorgado un imaginario cultural potente, donde conviven vikingos, folklore celta y relatos de aventuras. Lo cierto es que detrás del color hay personas diversas, más cercanas a la historia común que al mito.
Celebrar este día es, en el fondo, reivindicar la belleza de las diferencias. No se trata solo de besar a un pelirrojo —con consentimiento, por supuesto—, sino de desmontar prejuicios, reírse de viejos estigmas y reconocer a quienes, por genética o elección, llevan un tono que la naturaleza reservó a unos pocos. Es una celebración ligera, pero con una resonancia profunda: recordar que ningún color de cabello merece ni burla ni miedo, sino el mismo respeto que cualquier otro rasgo humano.