Cada semana, aproximadamente, abre un nuevo restaurante en Barcelona. Pero también cierran. Y una gran parte son bodegas centenarias, que formaron parte de la vida y esencia de la ciudad. Hoy resurgen, se reforman y se recuperan, y abren con la misma pasión y fuerza, o más si cabe, que antaño.
Este fenómeno viral coincide con las ganas del consumidor de volver a lo añejo, de respirar historia, de dejarse atrapar por un ambiente local, de casa y conocido, en el que siente más cómodo. Lejos de formalidades, son lugares icónicos, de barrio y que acogen a todos por igual. Donde uno se deja llevar con amigos por las ganas de compartir vinos a copas, jarras de cerveza, vermuts caseros, tapas de siempre, pero con toques actuales y desayunos de cuchara.
El fenómeno es dual: las bodegas de siempre cuyos propietarios siguen ahí, casi como un milagro; y las que recuperan jóvenes o grupos de restauración cuando sus dueños no pueden seguir y deben cerrar. Estos ejemplos de éxito impulsan una Barcelona más auténtica, la que se escapa de los manteles, la masificación del turismo y la impersonalidad, para seguir con los lugares de siempre (en peligro de extinción).