El miércoles 2 de marzo, en pleno Miércoles de Ceniza, la ciudad pondrá punto final a los días de desenfreno con un cortejo fúnebre que, entre la solemnidad fingida y el humor festivo, marca el paso del caos carnavalesco a la austeridad de la Cuaresma.
El entierro de la sardina es un rito enigmático y lleno de interpretaciones. Algunos lo asocian a la abstinencia que impone la Cuaresma, mientras que otros lo ven como una sátira al cambio de ciclo. En cualquier caso, la tradición se mantiene viva en distintas versiones: desde velatorios y cortejos de luto hasta ceremonias más familiares donde los asistentes llevan sardinas de papel colgadas de una caña. En algunos lugares, el Rey Carnaval es quemado y, en muchos otros, la jornada se cierra con una comida popular a base de sardinas.
Así, entre humo, cenizas y el eco de los últimos festejos, la sardina baja a su tumba simbólica y con ella, se despide el Carnaval hasta el próximo año.