Evans retrató Estados Unidos cuando el país buscaba reconstruirse. Durante la Gran Depresión, su trabajo para la Farm Security Administration fijó un estilo directo y aparentemente neutro, pero lleno de intención: casas humildes, escaparates gastados, calles comunes y rostros anónimos que hablan sin necesidad de posar. Sus imágenes no dramatizan; simplemente permanecen, como si esperaran a que el espectador descubriera la historia escondida en cada detalle.
Comisariada por David Campany, la exposición rompe la idea de una carrera lineal y pone en conversación épocas distintas. Las fotografías más conocidas dialogan con experimentos menos visibles, desde sus primeros trabajos hasta las Polaroid de sus últimos años, junto a publicaciones y materiales que revelan su relación con la edición y el diseño. El resultado muestra a un Evans coherente y a la vez inquieto, siempre dispuesto a redefinir su propio lenguaje.
El recorrido deja una sensación clara: su obra no pertenece al pasado. Sigue cuestionando cómo se mira y qué se decide mostrar. Más que documentar una época, Evans enseñó que la realidad cotidiana puede ser extraordinaria cuando alguien se detiene a observarla con paciencia y precisión.