Formada en arte y filosofía, Belin ha construido desde los años noventa una práctica que cuestiona la identidad a través de la repetición y la serie. Sus fotografías —culturistas, maniquíes, retratos que parecen máscaras— no buscan representar, sino tensionar la mirada. En ellas, lo humano aparece filtrado, transformado, a veces irreconocible.
A partir de mediados de los 2000, el color irrumpe y abre una nueva etapa que la artista define como «realismo mágico». Las figuras se vuelven ambiguas: entre cuerpo y objeto, entre presencia y simulacro. Esa ambivalencia atraviesa toda la exposición.
El proyecto establece además un diálogo con la tradición artística, conectando su trabajo con preguntas que siguen abiertas: qué es una imagen, qué muestra y qué oculta. Más que ofrecer respuestas, la muestra plantea una experiencia de observación detenida, donde cada fotografía obliga a reconsiderar lo que se da por real.