El núcleo de la muestra gira en torno a su relación con el color. Para Matisse, no era un recurso decorativo, sino un lenguaje autónomo capaz de construir espacio, emoción y ritmo. Esa concepción transformó el cuadro en una superficie activa, liberada de la necesidad de representar fielmente la realidad.
El recorrido, organizado en ocho ámbitos, traza conexiones que van desde los fauves alemanes y los neoprimitivistas rusos hasta la pintura estadounidense de mediados del siglo XX. En cada uno de ellos se percibe cómo su influencia se desplaza, se adapta y sigue generando nuevas lecturas.
Más que una retrospectiva, la exposición propone entender a Matisse como un punto de partida: alguien que no solo pintó, sino que cambió las reglas del juego.