La propuesta reúne en una sola partitura los grandes lenguajes musicales de su tiempo. Las melodías beben de la tradición verdiana, mientras los coros evocan la sonoridad popular de la Venecia más teatral. La escritura se abre también a soliloquios de gran intensidad dramática, ecos de la gran orquestación wagneriana y momentos de danza que remiten a la espectacularidad de la Grand Opéra francesa.
El resultado es una obra de contrastes: monumental y emotiva, refinada y profundamente humana. Cada escena parece avanzar hacia un desenlace que ya anticipa la sensibilidad verista que dominaría la ópera italiana poco después.
En La Gioconda, la música no solo acompaña la acción; la impulsa, la expande y la convierte en un viaje sonoro donde conviven pasión, fatalidad y belleza. Una pieza que sigue fascinando por su ambición artística y por su capacidad de unir distintas tradiciones en una sola voz escénica.