Viajero incansable, Van der Keuken construyó un cine profundamente ligado a los lugares y a las personas que encontraba en el camino. Su mirada rehúye la distancia: se aproxima, escucha y se deja afectar. En sus películas, la realidad no se presenta como algo cerrado, sino como un territorio en constante negociación entre lo que se muestra y cómo se muestra.
La retrospectiva permite descubrir un trabajo que combina intuición y pensamiento, donde cada plano es también una toma de posición. Lejos de la objetividad pretendida, su cine asume su propio punto de vista y lo convierte en parte del relato. De ahí surgen piezas que dialogan con lo político y lo cotidiano sin separarlos.
Para Van der Keuken, filmar era una forma de vínculo. Una práctica que, en sus propias palabras, nace del amor y de la necesidad de compartir una experiencia. Este ciclo recupera esa manera de entender el cine como una relación viva entre quien mira, quien es filmado y quien, finalmente, observa la imagen.
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